29 febrero 2024 Por Anabel Palomares 0

La costumbre que te está impidiendo ser feliz según un psicólogo de Harvard

Hace unos meses tenía un enorme proyecto laboral entre manos. Uno que marcaría el futuro de mi carrera y que demostraría además de mi capacidad de trabajo, las soft skills adquiridas durante años. Era un proyecto bonito y que salió redondo. Lo logré, y cuando terminé, se entregó y el cliente quedó encantado, yo me sentí… vacía. Y con un sentimiento de “¿ahora qué?” que no entendía. Una especie de ola de desesperanza me abrazó, en lugar de la felicidad que debería haber obtenido al conseguir un éxito en mi trabajo.

Estaba sufriendo por una costumbre que me impide ser feliz. Y es que es un error que cometemos muchos, pensar que al lograr una meta vamos a conseguir esa felicidad que anhelamos. Es lo que se llama falacia de la llegada.

En qué consiste la falacia de la llegada

El término fue acuñado por Tal Ben-Shahar, Doctor en psicología, experto en psicología positiva de la Universidad de Harvard y autor de libros como “Elige la vida que quieres: 101 claves para no amargarse la vida y ser feliz”, “Más feliz, a pesar de todo: Cultivar la esperanza, la resiliencia y el propósito en tiempos difíciles” o “La búsqueda de la felicidad: Por qué no serás feliz hasta que dejes de perseguir la perfección”. Es evidente que sabe de felicidad, y también de algo que nos impide alcanzarla.

En sus libros explica que la falacia de la llegada es “la ilusión de que en cuanto logremos algo, en cuanto alcancemos nuestra meta o lleguemos a nuestro destino, alcanzaremos la felicidad duradera”. Cuando me compre una casa en el campo, seré feliz. Cuando consiga un ascenso, seré feliz. Cuando tenga pareja, seré feliz. Cuando consiga el reconocimiento de mis jefes, seré feliz. Somos infelices y cuando pensamos en ello nos decimos “no pasa nada, cuando consiga (inserte aquí su meta o propósito), seré feliz”. Pero llega el momento en que alcanzas tus objetivos y aunque podemos sentirnos realizados durante un corto período de tiempo, resulta que no. Vivíamos con la esperanza de que al cumplir las metas seríamos felices, pero era una falsa esperanza.

Chris Mears, ex deportista olímpico, contaba en una entrevista que después de ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río en 2016 no se sentía feliz, al contrario. Según dijo, todo se vino abajo. “Durante años me dije a mí mismo: ‘Seré feliz cuando consiga esto… Seré feliz cuando consiga aquello. Cuando llegue a esta posición, seré feliz’. Y lo conseguí… y no lo fui”, explicaba describiendo a la perfección la falacia de la llegada.

No es el único al que le pasa. Este estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, encuestó a diferentes profesores. Unos habían recibido una plaza permanente (algo que todos anhelan) y otros a los que les había sido negada durante los cinco años anteriores, y resultó que ambos grupos informaron tener niveles similares de felicidad. También se preguntó a aquellos sin plaza cómo de felices creían que los haría lograr ese objetivo. Todos sobrestimaron el nivel de felicidad que experimentarían.

Por qué caemos en la falacia de la llegada

Ocurren dos cosas. Por un lado nuestra predicción afectiva o pronóstico afectivo no es buena. Este término que en psicología acuñaron los psicólogos Timothy Wilson y Daniel Gilbert, tal y como explican en Psicoactiva, se define como un proceso de subestimación emocional que tiene lugar antes de un acontecimiento y se asocia a altas expectativas y a un coste socioemocional posterior. Pensamos que tendrá unas consecuencias en nuestro estado emocional que no son reales.

Por otro lado, los logros tienen consecuencias que quizá no siempre veamos venir, una tendencia llamada focalismo en la que nos centramos en el lado positivo y no en una fotografía general de la situación. En consecuencia, nos concentramos en grandes objetivos perdiendo de vista todo lo que nos rodea, como si solo importase el destino final y no el camino. El problema es que los logros no son sinónimo de felicidad, por lo menos no a la larga tal y como explica el psicólogo de Harvard Tal Ben-Shahar. Nos han educado para perseguir el éxito (laboral) y cuando llega, llega también la decepción. Perseguir el trabajo de tus sueños, por ejemplo.

Ben-Shahar afirma que el indicador número uno de la felicidad es el tiempo de calidad que pasamos con las personas que nos importan y a las que les importamos. En otras palabras: las relaciones, como bien se vió en el estudio de la felicidad de Harvard.

Cómo vencer la falacia de la llegada

Piensa en algo. Si hacemos caso a Harvard y lo que nos hace realmente felices son las relaciones, pero las descuidamos en pos del éxito laboral, ¿no seremos más infelices? El Doctor Jamie Gruman afirma que las personas que invierten mucho esfuerzo en pensar en cómo ser felices serán más felices que aquellos para quienes la felicidad no es una prioridad importante, algo que aseguran también otros investigadores: cuando las personas intentan ser felices, paradójicamente pueden socavar su propia felicidad. Es decir, obsesionarnos con la felicidad no es tan importante como hacer cosas que nos hacen felices.

Si queremos desprendernos de la falacia de la llegada, lo primero de todo es ser conscientes de ella. Pero saber que existe el costo de la falacia de la llegada no implica que debamos renunciar a nuestras metas. Tener un propósito puede generar satisfacción, y el propio Ben-Shahar explica en sus libros que lo importante es tener varias metas simultáneas “dentro de tu vida laboral y fuera de ella”. Y con meta no solo habla de conseguir un ascenso, por ejemplo, también de pasar más tiempo con tus hijos, de hacer más deporte, de ser más asertiva en el trabajo…

También aconseja dejar de repetir frases como “cuando consiga esto seré feliz” como si fuera un mantra, y dedicar más tiempo por ejemplo a agradecer lo que cada día nos hace felices, tanto en el trabajo como fuera de él. Practicar la filosofía japonesa del wabi-sabi, dejar de obsesionarnos por una felicidad futura y aprender a apreciar la felicidad presente cada día. Y cuando llegue ese ascenso o ese contrato que tanto ansías, disfrutarás muchísimo más de la meta cumplida. Palabra de Harvard.

Nota: algunos de los enlaces de este artículo son afiliados y pueden reportar un beneficio a Trendencias.

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Anabel Palomares

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Hace unos meses tenía un enorme proyecto laboral entre manos. Uno que marcaría el futuro de mi carrera y que demostraría además de mi capacidad de trabajo, las soft skills adquiridas durante años. Era un proyecto bonito y que salió redondo. Lo logré, y cuando terminé, se entregó y el cliente quedó encantado, yo me sentí… vacía. Y con un sentimiento de “¿ahora qué?” que no entendía. Una especie de ola de desesperanza me abrazó, en lugar de la felicidad que debería haber obtenido al conseguir un éxito en mi trabajo.

Estaba sufriendo por una costumbre que me impide ser feliz. Y es que es un error que cometemos muchos, pensar que al lograr una meta vamos a conseguir esa felicidad que anhelamos. Es lo que se llama falacia de la llegada.

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En sus libros explica que la falacia de la llegada es “la ilusión de que en cuanto logremos algo, en cuanto alcancemos nuestra meta o lleguemos a nuestro destino, alcanzaremos la felicidad duradera”. Cuando me compre una casa en el campo, seré feliz. Cuando consiga un ascenso, seré feliz. Cuando tenga pareja, seré feliz. Cuando consiga el reconocimiento de mis jefes, seré feliz. Somos infelices y cuando pensamos en ello nos decimos “no pasa nada, cuando consiga (inserte aquí su meta o propósito), seré feliz”. Pero llega el momento en que alcanzas tus objetivos y aunque podemos sentirnos realizados durante un corto período de tiempo, resulta que no. Vivíamos con la esperanza de que al cumplir las metas seríamos felices, pero era una falsa esperanza.

Chris Mears, ex deportista olímpico, contaba en una entrevista que después de ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río en 2016 no se sentía feliz, al contrario. Según dijo, todo se vino abajo. “Durante años me dije a mí mismo: ‘Seré feliz cuando consiga esto… Seré feliz cuando consiga aquello. Cuando llegue a esta posición, seré feliz’. Y lo conseguí… y no lo fui”, explicaba describiendo a la perfección la falacia de la llegada.

No es el único al que le pasa. Este estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, encuestó a diferentes profesores. Unos habían recibido una plaza permanente (algo que todos anhelan) y otros a los que les había sido negada durante los cinco años anteriores, y resultó que ambos grupos informaron tener niveles similares de felicidad. También se preguntó a aquellos sin plaza cómo de felices creían que los haría lograr ese objetivo. Todos sobrestimaron el nivel de felicidad que experimentarían.

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Por otro lado, los logros tienen consecuencias que quizá no siempre veamos venir, una tendencia llamada focalismo en la que nos centramos en el lado positivo y no en una fotografía general de la situación. En consecuencia, nos concentramos en grandes objetivos perdiendo de vista todo lo que nos rodea, como si solo importase el destino final y no el camino. El problema es que los logros no son sinónimo de felicidad, por lo menos no a la larga tal y como explica el psicólogo de Harvard Tal Ben-Shahar. Nos han educado para perseguir el éxito (laboral) y cuando llega, llega también la decepción. Perseguir el trabajo de tus sueños, por ejemplo.

Ben-Shahar afirma que el indicador número uno de la felicidad es el tiempo de calidad que pasamos con las personas que nos importan y a las que les importamos. En otras palabras: las relaciones, como bien se vió en el estudio de la felicidad de Harvard.

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Si queremos desprendernos de la falacia de la llegada, lo primero de todo es ser conscientes de ella. Pero saber que existe el costo de la falacia de la llegada no implica que debamos renunciar a nuestras metas. Tener un propósito puede generar satisfacción, y el propio Ben-Shahar explica en sus libros que lo importante es tener varias metas simultáneas “dentro de tu vida laboral y fuera de ella”. Y con meta no solo habla de conseguir un ascenso, por ejemplo, también de pasar más tiempo con tus hijos, de hacer más deporte, de ser más asertiva en el trabajo…

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