12 diciembre 2023 Por Anabel Palomares 0

“Nos han vendido que el éxito está en trabajar y yo quiero vivir”. La trampa del trabajo de tus sueños

Primero la obligación y luego la devoción. Es el mantra que me inculcaron mis padres (y los de toda una generación) que marcaba el trabajo como la parte más esencial de la vida. De hecho se dice que si tienes un trabajo que te gusta no tendrás que trabajar nunca. Pero ahora tengo 37 años, llevo dos décadas trabajando y me pregunto, ¿es realmente así?

Vivimos en una sociedad consumista en la que el éxito laboral, el no tener tiempo y contar con dos o tres trabajos parece que se valora más que el simple hecho de ser felices. Mi madre por ejemplo, se siente orgullosa si sus hijos echamos más horas y seamos los que más comprometidos estamos. Pero ese sobreesfuerzo tiene un coste aunque tengamos lo que llamamos “el trabajo de nuestros sueños”.

La trampa del trabajo de tus sueños en el mundo capitalista

El empresario Mark Kuban afirma que la cultura del esfuerzo es la clave del éxito. Es el pensar que las metas se consiguen con esfuerzo y trabajo, algo que se originó en la revolución industrial cuando se utilizaba en los discursos para promover que los trabajadores fueran a las fábricas con frases como “hay que esforzarse y las cosas irán mejor”.

Hemos crecido pensando que a más trabajo, más éxito. Pensamos que vamos a heredar la empresa. Persigue tus sueños, decían. Aunque sea sinónimo de trabajar 14 horas todos los días porque es lo que hay que hacer: esforzarse hasta la extenuación. Pero tal y como está planeado el sistema laboral actual en relación con el capitalismo, permíteme dudarlo.

El concepto de trabajo ha ido evolucionando a lo largo de los siglos, pero fue con la llegada del capitalismo industrial cuando nació un nuevo modelo social. Antes el individuo generaba valor al sistema y ahora los papeles se han invertido y los seres humanos son considerados por su valor de utilidad. Y es ahí cuando nos volvimos consumistas y comenzamos a pensar que tener más y mejores cosas era éxito, y para conseguirlas, necesitamos invertir más horas trabajando.

Es habitual encontrarnos con personas que hacen horarios de 12 horas como si nada, normalizando largas jornadas que en muchos casos, no se reflejan en el sueldo recibido. Y lo malo no es hacerlas, sino que se haya normalizado. Tanto que hasta sale en anuncios como vimos en la campaña “In Doers We Trust” de Fiverr que analizaba el New Yorker, en el que una animada voz en off femenina insta a los trabajadores a “estar siempre disponibles”.

Ese capitalismo es el que nos ha hecho creer que somos clase media a pesar de compartir piso y tener dificultades para llegar a final de mes. Ese capitalismo nos hace ver que nuestra valía está en la cantidad de trabajo que hacemos. En The Atlantic reflexionaban sobre el llamado “capitalismo tardío”, afirmando que “es una frase general para las indignidades y absurdos de nuestra economía contemporánea, con su enorme desigualdad, sus corporaciones superpoderosas y su clase media en reducción.” El capitalismo tardío es pagar 200 euros por vendimiar cuando nuestros abuelos lo hacían cobrando. Y nos lo hemos creído sin dudarlo y ahora somos como un hámster que no puede bajarse de la rueda.

En las últimas décadas el reparto entre salarios y empresarios y la voluntad de que fuera más equitativo no ha existido. UGT afirma que según los datos de Contabilidad Nacional Trimestral (CNTR) correspondientes al último trimestre de 2022, los salarios perdían poder adquisitivo mientras el PIB y los precios crecían, lo que nos hace pensar que el capitalismo, además de apestar, ha roto la economía. Y no lo digo yo, lo dice el Financial Times, el diario financiero británico más prestigioso y respetado del mundo.

En 2019 este periódico afirmaba “es el momento de resetear” el capitalismo tanto en la carta del editor como en la columna del editor jefe. Martin Wolf decía en la segunda que “sí, hoy en día los ricos son mucho más ricos y los pobres y la clase media más pobres. Sí, las evidencias muestran que desde los 80 el incremento de la productividad por empleado no ha ido parejo a un crecimiento de las economías domésticas. No, los estudios demuestran que la culpa no es de la globalización y deslocalización de empresas, y tampoco de los inmigrantes que vienen a buscar trabajo, aunque las élites económicas han fomentado la creación de líderes políticos populistas que defienden estas premisas.”

El trabajocentrismo

En la película de Las niñas aparecía una frase que mi madre ha repetido desde que tengo uso de razón: “Yo lo que quiero es que estudies, que tengas una carrera, que no dependas de nadie”. Con una simple frase, se resume el deseo de toda una generación de mujeres de que sus hijas vivieran una libertad económica que ellas no tuvieron.

Y así crecimos, creyendo que el trabajo no solo dignifica y nos hace libres, sino que debe ser el centro de nuestras vidas. Tanto es así, que cuando alguien me pregunta quién soy y me pide que me describa, me sale de manera automática decir que soy Anabel Palomares, trabajo de redactora. Mi apellido es casi mi profesión. Y sin el casi. Se nos olvida que no somos lo que trabajamos, ni lo que producimos, ni lo que proyectamos. Somos seres humanos. Pero socialmente, hemos aprendido otra cosa.

Hemos aprendido a no quejarnos de no cobrar o de cobrar una miseria si tenemos un contrato en prácticas, para asegurarnos después un contrato laboral. Hemos aprendido a trabajar de más para que se valore nuestro trabajo, aunque lo hagamos perfectamente y en las horas que corresponde a nuestra jornada laboral, porque si no hacemos horas extra parece que perdemos valor y en la empresa se nos mira mal. O a aceptar un ascenso que implique más compromiso pero no más sueldo.

@sareur_

Típico ascenso del 2023 🙂 #jefe #salario #empresa #trabajador #teletrabajo

♬ sonido original – Sareur

El mito del trabajo de nuestros sueños esconde una adicción socialmente aceptada

En el sistema actual, cuanto más trabajo tienes y menos tiempo, más éxito. De hecho nos venden el método Ikigai, que significa «razón de ser» o «pasión de nuestra vida» en japonés como el método de lograr el trabajo de tus sueños. Porque parece que solo existe eso en nuestras vidas, el trabajo. Es más, la adicción al trabajo es la única socialmente aceptada y aparece hasta en películas y series de televisión cuando se reflejan personajes exitosos.

“La expresión ganarse la vida la hemos incorporado a nuestro vocabulario pero además, está incorporada moralmente a nuestra psique. No nos cuestionamos que haya que “ganarse estar vivos”, a pesar de que haya recursos para todo el mundo”, afirmaba Nerea de las Heras en Saldremos Mejores. Y es que parece que trabajar más que un derecho, es la fórmula para estar vivos. Vivimos en una sociedad en la que el tiempo es dinero y eso tiene consecuencias.

Según la CNBC, citando un informe realizado por LinkedIn y CensusWide en diciembre de 2022, el 72% de los trabajadores de la generación Z querían cambiar de trabajo en los 12 meses siguientes. Aunque para muchos es imposible. El exceso de trabajo y el agotamiento laboral unido a la precariedad, se han convertido en la norma que está provocando la renuncia silenciosa de la generación Z. Además, sumamos datos como que España es el país con más paro juvenil de la UE, con un 29,3%, según datos de Eurostat.

Los salarios de los jóvenes son más bajos en términos relativos que los de las generaciones anteriores. El coste de la vida ha subido, pero no los sueldos que en muchos casos llevan congelados demasiado tiempo, y eso que los trabajadores jóvenes son la generación a la que menos les importa el salario. Las condiciones laborales son peores y eso hace que se resienta nuestra productividad y nuestra salud mental.

Douglas Rushkoff, uno de los diez intelectuales más influyentes del mundo según el Instituto de Tecnología de Massachusetts afirmaba en su libro ​​Life Inc: How Corporatism Conquered the World, and How We Can Take It Back que «trabajamos en el trabajo y trabajamos en vez de jugar y de vivir y eso conduce a la locura».

El economista británico John Maynard Keynes predijo hace un siglo que en 2030 tendríamos una semana laboral de tres días. Según su teoría, el progreso humano se mediría trabajando menos y teniendo más tiempo libre. Spoiler, se equivocó con las cuentas. Lo más cerca que estamos es de la jornada laboral de cuatro días. Quizá por eso cada vez somos más los que pensamos que el verdadero éxito no está en el trabajo tal y como está conceptualizado en la sociedad actual. Nos han vendido que el éxito está en trabajar y yo quiero vivir.

Si preguntas a ChatGPT qué es el éxito, te responde que es “un concepto subjetivo que puede tener diferentes significados para diferentes personas […] según las prioridades individuales, los valores personales y las circunstancias de la vida”.

Para mí, el éxito en la vida ya no es mi trabajo por mucho que tenga el trabajo de mis sueños, porque mis aspiraciones reales son otras. Mi éxito vital incluye despertarme tarde, amar mucho y acumular experiencias, porque después de haber perseguido ese trabajo de mis sueños, ahora mi mayor aspiración es vivir.

Fotos | The Good Wife

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Primero la obligación y luego la devoción. Es el mantra que me inculcaron mis padres (y los de toda una generación) que marcaba el trabajo como la parte más esencial de la vida. De hecho se dice que si tienes un trabajo que te gusta no tendrás que trabajar nunca. Pero ahora tengo 37 años, llevo dos décadas trabajando y me pregunto, ¿es realmente así?

Vivimos en una sociedad consumista en la que el éxito laboral, el no tener tiempo y contar con dos o tres trabajos parece que se valora más que el simple hecho de ser felices. Mi madre por ejemplo, se siente orgullosa si sus hijos echamos más horas y seamos los que más comprometidos estamos. Pero ese sobreesfuerzo tiene un coste aunque tengamos lo que llamamos “el trabajo de nuestros sueños”.

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El empresario Mark Kuban afirma que la cultura del esfuerzo es la clave del éxito. Es el pensar que las metas se consiguen con esfuerzo y trabajo, algo que se originó en la revolución industrial cuando se utilizaba en los discursos para promover que los trabajadores fueran a las fábricas con frases como “hay que esforzarse y las cosas irán mejor”.

Hemos crecido pensando que a más trabajo, más éxito. Pensamos que vamos a heredar la empresa. Persigue tus sueños, decían. Aunque sea sinónimo de trabajar 14 horas todos los días porque es lo que hay que hacer: esforzarse hasta la extenuación. Pero tal y como está planeado el sistema laboral actual en relación con el capitalismo, permíteme dudarlo.

El concepto de trabajo ha ido evolucionando a lo largo de los siglos, pero fue con la llegada del capitalismo industrial cuando nació un nuevo modelo social. Antes el individuo generaba valor al sistema y ahora los papeles se han invertido y los seres humanos son considerados por su valor de utilidad. Y es ahí cuando nos volvimos consumistas y comenzamos a pensar que tener más y mejores cosas era éxito, y para conseguirlas, necesitamos invertir más horas trabajando.

Es habitual encontrarnos con personas que hacen horarios de 12 horas como si nada, normalizando largas jornadas que en muchos casos, no se reflejan en el sueldo recibido. Y lo malo no es hacerlas, sino que se haya normalizado. Tanto que hasta sale en anuncios como vimos en la campaña “In Doers We Trust” de Fiverr que analizaba el New Yorker, en el que una animada voz en off femenina insta a los trabajadores a “estar siempre disponibles”.

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Ese capitalismo es el que nos ha hecho creer que somos clase media a pesar de compartir piso y tener dificultades para llegar a final de mes. Ese capitalismo nos hace ver que nuestra valía está en la cantidad de trabajo que hacemos. En The Atlantic reflexionaban sobre el llamado “capitalismo tardío”, afirmando que “es una frase general para las indignidades y absurdos de nuestra economía contemporánea, con su enorme desigualdad, sus corporaciones superpoderosas y su clase media en reducción.” El capitalismo tardío es pagar 200 euros por vendimiar cuando nuestros abuelos lo hacían cobrando. Y nos lo hemos creído sin dudarlo y ahora somos como un hámster que no puede bajarse de la rueda.

En las últimas décadas el reparto entre salarios y empresarios y la voluntad de que fuera más equitativo no ha existido. UGT afirma que según los datos de Contabilidad Nacional Trimestral (CNTR) correspondientes al último trimestre de 2022, los salarios perdían poder adquisitivo mientras el PIB y los precios crecían, lo que nos hace pensar que el capitalismo, además de apestar, ha roto la economía. Y no lo digo yo, lo dice el Financial Times, el diario financiero británico más prestigioso y respetado del mundo.

En 2019 este periódico afirmaba “es el momento de resetear” el capitalismo tanto en la carta del editor como en la columna del editor jefe. Martin Wolf decía en la segunda que “sí, hoy en día los ricos son mucho más ricos y los pobres y la clase media más pobres. Sí, las evidencias muestran que desde los 80 el incremento de la productividad por empleado no ha ido parejo a un crecimiento de las economías domésticas. No, los estudios demuestran que la culpa no es de la globalización y deslocalización de empresas, y tampoco de los inmigrantes que vienen a buscar trabajo, aunque las élites económicas han fomentado la creación de líderes políticos populistas que defienden estas premisas.”

El trabajocentrismo

En la película de Las niñas aparecía una frase que mi madre ha repetido desde que tengo uso de razón: “Yo lo que quiero es que estudies, que tengas una carrera, que no dependas de nadie”. Con una simple frase, se resume el deseo de toda una generación de mujeres de que sus hijas vivieran una libertad económica que ellas no tuvieron.

Y así crecimos, creyendo que el trabajo no solo dignifica y nos hace libres, sino que debe ser el centro de nuestras vidas. Tanto es así, que cuando alguien me pregunta quién soy y me pide que me describa, me sale de manera automática decir que soy Anabel Palomares, trabajo de redactora. Mi apellido es casi mi profesión. Y sin el casi. Se nos olvida que no somos lo que trabajamos, ni lo que producimos, ni lo que proyectamos. Somos seres humanos. Pero socialmente, hemos aprendido otra cosa.

Hemos aprendido a no quejarnos de no cobrar o de cobrar una miseria si tenemos un contrato en prácticas, para asegurarnos después un contrato laboral. Hemos aprendido a trabajar de más para que se valore nuestro trabajo, aunque lo hagamos perfectamente y en las horas que corresponde a nuestra jornada laboral, porque si no hacemos horas extra parece que perdemos valor y en la empresa se nos mira mal. O a aceptar un ascenso que implique más compromiso pero no más sueldo.
@sareur_ Típico ascenso del 2023 🙂 #jefe #salario #empresa #trabajador #teletrabajo ♬ sonido original – Sareur El mito del trabajo de nuestros sueños esconde una adicción socialmente aceptada

En el sistema actual, cuanto más trabajo tienes y menos tiempo, más éxito. De hecho nos venden el método Ikigai, que significa «razón de ser» o «pasión de nuestra vida» en japonés como el método de lograr el trabajo de tus sueños. Porque parece que solo existe eso en nuestras vidas, el trabajo. Es más, la adicción al trabajo es la única socialmente aceptada y aparece hasta en películas y series de televisión cuando se reflejan personajes exitosos.

“La expresión ganarse la vida la hemos incorporado a nuestro vocabulario pero además, está incorporada moralmente a nuestra psique. No nos cuestionamos que haya que “ganarse estar vivos”, a pesar de que haya recursos para todo el mundo”, afirmaba Nerea de las Heras en Saldremos Mejores. Y es que parece que trabajar más que un derecho, es la fórmula para estar vivos. Vivimos en una sociedad en la que el tiempo es dinero y eso tiene consecuencias.

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Los salarios de los jóvenes son más bajos en términos relativos que los de las generaciones anteriores. El coste de la vida ha subido, pero no los sueldos que en muchos casos llevan congelados demasiado tiempo, y eso que los trabajadores jóvenes son la generación a la que menos les importa el salario. Las condiciones laborales son peores y eso hace que se resienta nuestra productividad y nuestra salud mental.

Douglas Rushkoff, uno de los diez intelectuales más influyentes del mundo según el Instituto de Tecnología de Massachusetts afirmaba en su libro ​​Life Inc: How Corporatism Conquered the World, and How We Can Take It Back que «trabajamos en el trabajo y trabajamos en vez de jugar y de vivir y eso conduce a la locura».

El economista británico John Maynard Keynes predijo hace un siglo que en 2030 tendríamos una semana laboral de tres días. Según su teoría, el progreso humano se mediría trabajando menos y teniendo más tiempo libre. Spoiler, se equivocó con las cuentas. Lo más cerca que estamos es de la jornada laboral de cuatro días. Quizá por eso cada vez somos más los que pensamos que el verdadero éxito no está en el trabajo tal y como está conceptualizado en la sociedad actual. Nos han vendido que el éxito está en trabajar y yo quiero vivir.

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Si preguntas a ChatGPT qué es el éxito, te responde que es “un concepto subjetivo que puede tener diferentes significados para diferentes personas […] según las prioridades individuales, los valores personales y las circunstancias de la vida”.

Para mí, el éxito en la vida ya no es mi trabajo por mucho que tenga el trabajo de mis sueños, porque mis aspiraciones reales son otras. Mi éxito vital incluye despertarme tarde, amar mucho y acumular experiencias, porque después de haber perseguido ese trabajo de mis sueños, ahora mi mayor aspiración es vivir.

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