14 febrero 2024 Por Anabel Palomares 0

Romper con estos tres patrones que aprendimos de niños nos hará más felices. Palabra de psicóloga

Aunque nos vendan la felicidad como un destino, lo cierto es que la felicidad es un estado subjetivo y cada persona la experimenta de una manera distinta. Eso sí, hay algunas cosas que hacemos que nos dificultan llegar a ella sin darnos cuenta.

Por ejemplo, no gestionar la frustración a medida que aparece por miedo a no molestar nos hace acumularla y sin saberlo, guardar todo eso nos hace tremendamente infelices. Eso dice Anna de Simone, doctora en biología y psicología, especializada en genética del comportamiento y neurobiología. Son patrones aprendidos con los que es necesario romper para ser más felices.

Aprendemos esos patrones durante la infancia y afecta a las relaciones que tenemos, como explica en su libro “D’amore ci si ammala, d’amore si guarisce: Poni le giuste basi per avere una vita affettiva felice” (Por amor se enferma, por amor se cura: Sentar las bases correctas para una vida amorosa feliz). La buena noticia es que esos patrones aprendidos pueden romperse, y el primer paso para conseguirlo es identificarlos.

La indefensión aprendida

Aunque Martin Seligman desarrolló esta teoría en los años 70 para explicar comportamientos animales, lo cierto es que a lo largo de los años se ha usado en la psicología social. Seligman descubrió que, tras someter a un animal a descargas eléctricas sin posibilidad de escapar de ellas, dicho animal no emitía ninguna respuesta evasiva aunque la jaula hubiese quedado abierta y tuviera posibilidad de huir. Había aprendido a sentirse indefenso y a no luchar contra ello.

Como consecuencia y según la teoría de la indefensión aprendida, una persona siente que no tiene ningún control sobre la situación a la que se enfrenta debido a sus experiencias de fracaso previas. La estabilidad y la especificidad explicarían diferentes síntomas de indefensión entre diferentes personas ante una misma situación vital, tal y como explican en la Universidad de Barcelona. Esto afecta a lo que percibimos como algo bueno en la vida (me han subido el sueldo porque mi jefa estaba de buen humor) y también a lo malo (no podía evitar que esta persona me hiciera daño porque soy tonta).

Las experiencias anteriores nos marcan, pero nos rendimos antes incluso de empezar porque las personas que lo sufren se perciben a sí mismas como débiles, poco válidas o frágiles. Su autoconcepto está distorsionado por sus malas experiencias en el pasado, y no han sabido verse a lo largo de los años de otra manera.

El niño bueno

Tal y como explica la psicóloga Gema Sánchez Cuevas, “la personalidad complaciente dirige sus comportamientos en favor de un único objetivo: conseguir la aprobación de los demás.” Este patrón, adquirido en la infancia, nace de que sentirnos valorados, especialmente en la infancia, es un reforzador de conducta. El niño bueno quiere agradar a los adultos y por eso lo hace todo bien y como quieren los adultos para ganarse su atención. Pero al hacerlo sin gestionar todo el crisol de emociones que tenemos, aprendemos a reprimir conductas y comportamientos de forma inconsciente pensando que no gustarán a quienes nos rodean.

Anna de Simone asegura que debemos romper el molde del “niño bueno” porque no necesitamos que nos digan que lo hacemos bien ni necesitamos el cariño de quien nos trata mal.

Cumplir con todos para no decepcionar a nadie

Este patrón enlaza directamente con el anterior, porque las personas que lo sufren tienen la necesidad de no decepcionar, de no hacer enfadar a otros, de decir siempre «sí» incluso cuando no quieren. Son complacientes porque son cumplidores. Sentimos constantemente la necesidad de ser aceptados por quien está frente a nosotros, pero se nos olvida que alguien deja de respetarte sólo porque has decidido hacer valer tu derecho, no merece ni una gota de tu atención.

Rafael Pérez Yagüe, psicólogo general sanitario y terapeuta Gestalt en Psicólogos Concienciarte, asegura que tras la complacencia hay mucho resentimiento “porque dejo de atenderme y porque de modo inconsciente espero que cuando lo necesite el otro también lo haga. Saber decir “No” cuando soy fiel a mis necesidades o deseos implica vivir de modo más auténtico en la vida”, explica. De esta manera, siendo verdaderamente fieles a nosotros mismos, seremos más felices.

No hay nada malo en hacer valer tus derechos y necesidades, en respetarte y en valorarte. Sólo tenemos que aprender a hacerlo y hacer que los demás los respeten. Aprender a darnos el valor adecuado para que ya no “necesitemos” el que otro nos de, es el primer paso. Conocernos y aprender qué queremos y qué no, el segundo. Poner límites es el tercero, y hacerlo nos hará mucho más felices. Palabra de psicóloga.

Nota: algunos de los enlaces de este artículo son afiliados y pueden reportar un beneficio a Trendencias.

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Romper con estos tres patrones que aprendimos de niños nos hará más felices. Palabra de psicóloga

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Anabel Palomares

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Aunque nos vendan la felicidad como un destino, lo cierto es que la felicidad es un estado subjetivo y cada persona la experimenta de una manera distinta. Eso sí, hay algunas cosas que hacemos que nos dificultan llegar a ella sin darnos cuenta.

Por ejemplo, no gestionar la frustración a medida que aparece por miedo a no molestar nos hace acumularla y sin saberlo, guardar todo eso nos hace tremendamente infelices. Eso dice Anna de Simone, doctora en biología y psicología, especializada en genética del comportamiento y neurobiología. Son patrones aprendidos con los que es necesario romper para ser más felices.

Aprendemos esos patrones durante la infancia y afecta a las relaciones que tenemos, como explica en su libro “D’amore ci si ammala, d’amore si guarisce: Poni le giuste basi per avere una vita affettiva felice” (Por amor se enferma, por amor se cura: Sentar las bases correctas para una vida amorosa feliz). La buena noticia es que esos patrones aprendidos pueden romperse, y el primer paso para conseguirlo es identificarlos.

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Aunque Martin Seligman desarrolló esta teoría en los años 70 para explicar comportamientos animales, lo cierto es que a lo largo de los años se ha usado en la psicología social. Seligman descubrió que, tras someter a un animal a descargas eléctricas sin posibilidad de escapar de ellas, dicho animal no emitía ninguna respuesta evasiva aunque la jaula hubiese quedado abierta y tuviera posibilidad de huir. Había aprendido a sentirse indefenso y a no luchar contra ello.

Como consecuencia y según la teoría de la indefensión aprendida, una persona siente que no tiene ningún control sobre la situación a la que se enfrenta debido a sus experiencias de fracaso previas. La estabilidad y la especificidad explicarían diferentes síntomas de indefensión entre diferentes personas ante una misma situación vital, tal y como explican en la Universidad de Barcelona. Esto afecta a lo que percibimos como algo bueno en la vida (me han subido el sueldo porque mi jefa estaba de buen humor) y también a lo malo (no podía evitar que esta persona me hiciera daño porque soy tonta).

Las experiencias anteriores nos marcan, pero nos rendimos antes incluso de empezar porque las personas que lo sufren se perciben a sí mismas como débiles, poco válidas o frágiles. Su autoconcepto está distorsionado por sus malas experiencias en el pasado, y no han sabido verse a lo largo de los años de otra manera.

El niño bueno

Tal y como explica la psicóloga Gema Sánchez Cuevas, “la personalidad complaciente dirige sus comportamientos en favor de un único objetivo: conseguir la aprobación de los demás.” Este patrón, adquirido en la infancia, nace de que sentirnos valorados, especialmente en la infancia, es un reforzador de conducta. El niño bueno quiere agradar a los adultos y por eso lo hace todo bien y como quieren los adultos para ganarse su atención. Pero al hacerlo sin gestionar todo el crisol de emociones que tenemos, aprendemos a reprimir conductas y comportamientos de forma inconsciente pensando que no gustarán a quienes nos rodean.

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Rafael Pérez Yagüe, psicólogo general sanitario y terapeuta Gestalt en Psicólogos Concienciarte, asegura que tras la complacencia hay mucho resentimiento “porque dejo de atenderme y porque de modo inconsciente espero que cuando lo necesite el otro también lo haga. Saber decir “No” cuando soy fiel a mis necesidades o deseos implica vivir de modo más auténtico en la vida”, explica. De esta manera, siendo verdaderamente fieles a nosotros mismos, seremos más felices.

No hay nada malo en hacer valer tus derechos y necesidades, en respetarte y en valorarte. Sólo tenemos que aprender a hacerlo y hacer que los demás los respeten. Aprender a darnos el valor adecuado para que ya no “necesitemos” el que otro nos de, es el primer paso. Conocernos y aprender qué queremos y qué no, el segundo. Poner límites es el tercero, y hacerlo nos hará mucho más felices. Palabra de psicóloga.

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